miércoles, 14 de mayo de 2008

La niña de Basora, la que por amor murió.


Debían tener todas las historias de amor un final feliz, mas en este caso no fue así. A ningún poeta, escritor o cantor se le ocurriese gastar una sola gota de tinta en una historia como esta, pero esta es la cruda verdad.

El Joven militar observaba con curioso asombro el encantador caminar de la chica que cargando botellas de agua pasaba frente a él, y cada vez que pasaba, una sonrisa calida le notaba en sus carnosos labios que como flor aterciopelada mostraban sus perfectos dientes blancos dentro de su boca color rosa pálido. Una sonrisa tímida iluminaba el campamento aun siendo pleno en esplendor el día, sus perfectos y redondos ojos se engurruñaban pícaramente y junto a un movimiento suave de su cabeza convertían el corazón del joven militar en un pequeño montículo de arena endeble y frágil. La chica era verdaderamente encantadora, su sola presencia llenaba de gracia el lugar, su bondadosa y desinteresada obra llevaba al necesitado aliento, al sediento agua y comida al hambriento. El chico la veía pasar diariamente y siempre la misma conducta, la misma sonrisa, la perfecta belleza.

El chico pidió ser su amigo, ella accedió, y juntos, las apenas restantes cuatro semanas de su relación amistosa los llevaron a hacer grandes obras a favor de los refugiados, de los necesitados. Los chicos charlaban y caminaban juntos dentro del campamento de refugiados, trabajaban juntos, ella estudiaba ingles y con él perfeccionaba el idioma. Todo era dicha y felicidad hasta el día que se les ocurrió mostrar públicamente su amistad, amistad que no había pasado de ser solo eso, no hubo nunca un beso, un apretón de manos, nada de lujuria, solo sonrisas, compenetración y respeto.

La ingenuidad y el cariño que estaba naciendo entre ambos les impedía comprender en qué lugar del mundo se estaba gestando ese amor, no comprendieron del peligro que los rodeaba, en una tierra donde la mujer, fuente de esperanza y luz para toda la humanidad, razón de ser de poetas, escritores y músicos vale menos que un perro sarnoso, allí no podría de ninguna forma nacer la cimiente de la esperanza. No es de comprensión humana tal atraso, no existen palabras para explicar razonablemente por qué una civilización tan antigua todavía en estos tiempos arrastren tanta maldad, tanta mediocridad, tanto odio. Un odio que se ensaña hasta con ellos mismos, un odio que no cree en hijas, madres, en mujer alguna.

Aquí, en lo que a continuación se relata, está la prueba: Era una tarde triste del 16 de marzo del 2008, el viento soplaba con fuerza arrastrando con él la fina arena de color opaco que cubre las paredes de las casas de la ciudad de Basora, por la calle caminaba acompañada de su inocencia y felicidad rumbo a su casa Rand Abdel-Qader, la joven enamorada de 17 años que compartía amistad con el joven militar ingles de la base de refugiados, en su mente no cabía otro pensamiento que no fuera su felicidad, el amor había cortado las alas a la razón, mas a ella no le importaba, mientras caminaba cantaba una canción de amor, alzaba sus brazos al viento tratando de atrapar la esperanza, pero toda esa felicidad llegó a su fin cuando abrió la puerta de su casa. Su padre, un empleado de 47 años del gobierno iraquí la estaba esperando junto a sus otros dos hijos justo en la sala de su casa, no mediaron palabras, de repente, se abalanzaron sobre la indefensa y hasta ese instante feliz chica, la arrojaron contra el piso, mientras los dos hermanos la inmovilizaban el padre le apretaba el cuello con fuerza, mientras tanto, su indefensa madre gritaba desconsolada y llena de horror tratando de impedir que le hicieran daño a la niña, sus gritos fueron en vano, el asesino padre con la complicidad de los hermanos de Rand dieron finalmente muerte a la chica aplastándole el cráneo contra el cemento frío del piso, todos fueron testigos del crimen, la madre lloraba impotente sobre el cuerpo inerte de la chica, sus gritos eran de dolor, espantosos, pero no podía hacer nada, ni siquiera reclamar justicia porque allí en ese sombrío, convulso y atrasado rincón del mundo es un honor asesinar a un niño si con ello se avala la obediencia ciega a un credo.

El padre fue detenido, pero en lugar de pagar por el crimen, a las dos horas de explicarles a los encargados de impartir justicias los motivos de su crimen fue puesto en libertad y felicitado por tan honorable comportamiento.

“No pudo permitir tanta deshonra, estaba en su derecho de matarla”

“Era amiga de un infiel, un extranjero, un occidental, un cristiano, un invasor”

“Está bien que pague con la vida quien ofende nuestras creencias”

Estas estúpidas razones son motivos suficientes para arrancarle la vida a una niña de 17 años en ese lugar del mundo. Allí, en un rincón cualquiera, sin más sepultura que un montículo de arena sucia, reposa el cuerpo de una chica que murió por amar. Debían tener todas las historias de amor un final feliz, mas en este caso no fue así, a ningún poeta, escritor o cantor se le ocurriese gastar una sola gota de tinta en una historia como esta, pero esta es la cruda verdad, la realidad de una tierra que odia lo mas lindo de la humanidad, la existencia, porque asesinar a una mujer es atentar contra el futuro de la vida y la existencia, es poner irremediablemente a la humanidad en peligro de extinción.

Luis Alberto Ramírez. Miami.

1 comentario:

Paula, la malvada dijo...

Es terrible esta historia. Me dejó muy mal.