domingo, 15 de junio de 2008

Mi Padre y yo


Eran los tiempos en que me sentía un hombre hecho y derecho y mi Padre pasó a ser un hombre viejo mañoso y anticuado. La música bien alta, los pantalones acampanados, los zapatos de plataforma y las chicas en las fiestas habían ocupado un espacio en mi vida que me habían hecho olvidar completamente los días de pesquería, de cacería y de paseos con mi Padre, eran tiempos en que sobraba el cabello y escaseaba el sentido común.

Era solo un niño y me gustaba sobremanera montarme en la bicicleta con mi Padre e ir a trabajar con él al molino arrocero de mi pueblo. En realidad mi trabajo consistía en jugar; arrojarme con una yagua seca por las montañas de paja de arroz amontonadas en forma de enormes mogotes en el traspatio de la industria; también tenía la responsabilidad de dormir cuando el turno era de noche encima de estivas de sacos repletos de arroz en las enormes bodegas del lugar abarrotadas de chillonas golondrinas, a veces, en muy contadas ocasiones, ayudaba en lo de la clasificación de sacos de envase, es decir, para darme una asignación mas responsable, algún que otro compañero de mi Viejo me asignaba tareas dignas de un buen trabajador, quizás para ver si dejaba de corretear por doquier y me entretenía en algo útil.

Recuerdo aquellos días con emocionante satisfacción. Mi Padre silbando una canción de Carlos Gardel recorría el pueblo de un extremo al otro para ir y venir del trabajo, siempre con una feliz mueca en su rostro, una silbada melodía en sus labios y un muchacho montado en el sillín de su destartalada bicicleta Niágara. Yo era muy feliz también, en primer lugar, porque andaba con mi Padre, que más que ello era mi héroe, mi súper héroe.

Pero como la felicidad solo ocupa un eterno instante, esos instantes solo quedan en lo eterno de la memoria, sin embargo, aun me hacen feliz, y no es mentira que recordar es volver a vivir, porque yo vivo recordando a cada rato lo feliz que fui al amparo de mi Padre.

Cuando uno es un muchacho, cuando el hombre no sabe de lo hermoso de ser Padre, solo se conforma con la feliz idea de ser hijo, y de ver al Padre como el hombre mas fuerte e inteligente del mundo, pero eso en ocasiones, como en el amor, tiende a derretirse un poco, hay momentos en que nos sentimos ya tan seguros de nosotros mismos que, en lugar de amar a nuestro Padre, le regalamos una buena cuota de respeto y se acabo, solo nos damos cuenta que eso es un error, cuando vemos a nuestro Padre sin importar la edad, mover cielo y tierra para que no nos hagan daño, nadie, ni siquiera Dios.

Cuando llegó la hora de sentir que a mi Padre solo le debía respeto, ocurrió algo en mi vida que me hizo cambiar rotundamente la apreciación que tenía al respecto. Eran los tiempos en que me sentía un hombre hecho y derecho y mi Padre pasó a ser un hombre viejo mañoso y anticuado. La música bien alta, los pantalones acampanados, los zapatos de plataforma y las chicas en las fiestas habían ocupado un espacio en mi vida que me habían hecho olvidar completamente los días de pesquería, de cacería y de paseos con mi Padre, eran tiempos en que sobraba el cabello y escaseaba el sentido común.

Un día, estaba escuchando música en un bar-restaurante que había en las afueras de mi pueblo en una reproductora de casete vieja, escuchaba música de José Feliciano y entre canción y canción nos deleitábamos con cuentos del humorista cubano Guillermo Álvarez Guedes. Éramos tres o cuatro chicos a lo sumo, no estábamos precisamente dentro del Restaurante, sino, mas bien alejados en la parte mas apartada del local; allí nos divertíamos de lo lindo, entre cervezas y música tratábamos de robarle espacio a nuestra juventud, sin embargo, se me había olvidado mencionar que soy cubano y lo que estoy contando estaba sucediendo en Cuba y allí está prohibido hasta la diversión, de manera que, para divertirse hay que hacerlo bajo los reglamentos del Estado y con la música que el Estado crea capacitada para que la juventud la escuche, de manera que, los que allí nos encontrábamos estábamos cometiendo un delito llamado por la “revolución” divercionismo ideológico porque, a la sazón, José Feliciano y Guillermo Álvarez Guedes estaban prohibidos en Cuba.

Recuerdo nítidamente en estos momentos el alarde de fuerza que hizo la policía de mi pueblo para detener el acto contrarrevolucionario que se estaba llevando a cabo en el restauran por un grupo de jóvenes “antisociales”. Mas de cinco carros patrulleros (creo que eran todos los que tenia la estación de policía) se agruparon en las afueras del inmueble, al tiempo que un camión repleto de guardias del Ministerio del Interior hacían alarde de militarismo colocándose estratégicamente en varios sitios por las afueras; nosotros veíamos despreocupadamente el espectáculo, pero jamás nos imaginábamos que éramos justamente nosotros los objetivos a capturar. De repente, y a punta de pistola se presentaron junto a nosotros y después de esposarnos, nos condujeron a los calabozos de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) Luego de una semana de interrogatorios pusieron en libertad a todos los chicos menos a mí, “Yo era el autor intelectual del bochornoso acto contrarrevolucionario llevado a cabo en las afueras de mi pueblo y por ello debía ser conducido a las mazmorras del Departamento Técnico de Investigación de la Provincia, sito en el Km. 2 ½ de la carretera de San Luís”

Tres meses de investigaciones y estupideces dignas de ignorantes tipos con uniforme militar que solo hacían preguntas a cualquier hora del día o de la madrugada, bobadas como ¿Eres agente de la CIA? ¿Quién es el Jefe máximo? ¿De dónde sacaste esos casetes? ¿Tienes contacto con la gusanera de Miami? Yo ni siquiera sabía que cosa era CIA, sin embargo, el tiempo que transcurrió en aquellos calabozos me hizo comprender muchas cosas, a partir de entonces supe en realidad en qué lugar del mundo estaba viviendo. Fueron noventa días largísimos para mí, pero para mi Padre casi no son suficientes, fue a cuanto lugar pudo ir, habló con cuanto militar tuvo que hablar, vendió lo que tuvo que vender y compró a cuantos se dejaron comprar, y al final, consiguió mi libertad. Ese día lo vi. En el umbral de la puerta que daba a la salida de las oficinas centrales de la cárcel, el Sol le daba por la espalda y solo su silueta dibujaba el contorno de su envejecida y desgastada figura, parecía un ángel de luz que me esperaba en aquella puerta con los brazos abiertos, nos fundimos en un fuerte abrazo y me dijo: “Todo está bien hijo, todo está bien, ya eres libre”.

Muchos años pasaron después de aquel incidente, comprendí de lo hermoso que es tener un Padre, al tiempo que deje de sentir solo respeto por él; a partir de ese día volví a ver a mi Padre desde el sillín de su bicicleta, y a escuchar la música de Gardel con su imagen en mi memoria. El día de su muerte me sorprendió en el exilio, no pude devolverle el beso en la frente que siempre me regaló, pero ese día, dentro de mi sufrir, embriagado de lágrimas hasta casi perder el sentido lo vi., en la madrugada, como aquel día en el umbral de la puerta en la cárcel, hecho un ángel de luz y me dijo “Todo está bien hijo, todo está bien, ya soy libre”

Luis Alberto Ramirez



2 comentarios:

jose gonzalez dijo...

no habia leido este articulo hasta hoy......

gracias por postearlo,es magnifico....

gracias

Katungo dijo...

racias a ti por leerlo. Un abrazo Luis.